Muere Albert Hofmann, descubridor ‘por accidente' del LSD

El químico suizo Albert Hofmann , que descubrió de manera accidental el LSD en 1943, una droga de poderosos efectos alucinógenos ante la que numerosos artistas e intelectuales sucumbieron, murió ayer a los 102 años de edad , mientras sus seguidores siguen trabajando por rescatar las virtudes terapéuticas y místicas de esa sustancia prohibida.

El 16 de abril de 1943, Hofmann pasó a la historia con el hallazgo casual de la dietilamida de ácido lisérgico mientras estudiaba los alcaloides incluidos en el cornezuelo del centeno, un hongo a partir del que pretendía crear un estimulante circulatorio y respiratorio.

Una gota cató por descuido en su mano y 'alucinó' por las asombrosas sensaciones que experimentó

Una gota cayó por descuido sobre su mano y el investigador suizo ‘alucinó' por las asombrosas sensaciones que experimentó en ese momento: angustia, vértigos, visiones sobrenaturales, objetos moviéndose en el espacio, sentimiento de felicidad y plenitud.

Al realizar una nueva prueba al cabo de tres días, Hofmann vuelve a notar los mismos efectos. En aquel momento, el químico prevé que la sustancia será de gran utilidad para el avance de las terapias en psiquiatría y neurología.

Entre 1947 y 1966, el grupo químico suizo Sandoz, para el que trabajaba Hofmann, comienza a fabricar el producto en píldoras y ampollas para finalidades médicas.

Unión sobrenatural

En su centenario, científicos, escritores, artistas y amigos del longevo químico participaron en un simposio internacional organizado para rendirle homenaje y realzar la trascendencia de su descubrimiento.

Allí se analizó la influencia del LSD en la música, el arte, la moda, los estudios sobre la consciencia y las terapias psiquiátricas.

Hofmann contaba que, como si hubiese estado predestinado a ser el descubridor de la droga alucinógena, vivió una experiencia mística en su niñez cuando daba un paseo por los bosques del cantón suizo de Basilea, donde nació.

"Por unos instantes sentí una unión sobrenatural con el resto de elementos de la naturaleza, al tiempo que los árboles, la luz y el canto de los pájaros me desvelaban todo su esplendor", explicó.

Así, años después sorprendió a sus allegados cuando, a pesar de haberse preparado para estudiar humanidades en la universidad, decidió en el último momento seguir con la química.

Y cuando por accidente absorbió una ínfima cantidad de LSD, Hofmann revivió de forma más impactante su experiencia mística de la infancia, según el mismo describe en sus publicaciones, lo que lo llevó a profundizar en esa vía.

Todos a flipar

El uso abusivo y lúdico que algunos sectores de la población occidental, especialmente los hippies, comienzan a darle a la sustancia en la década de los 60 comienzan a rodear de una mala reputación al LSD que sobrepasa sus propiedades terapéuticas.

En ese momento, las autoridades determinan la prohibición del LSD y Sandoz decide suspender indefinidamente su producción.

Entre los personajes que han admitido haber consumido LSD se encuentran escritores, como Aldous Huxley, músicos, como Keith Richard , de Rolling Stones, y Dave Matthews, vocalista y guitarrista de la banda que lleva su nombre, y George Harrison, y actores como Anthony Perkins.

A pesar de todo, Hofmann mantuvo siempre intacto su interés por profundizar en los estudios sobre el uso de sustancias estimulantes y alucinógenas en la exploración de la consciencia humana.

No obstante, Hofmann reconoció que el LSD no es una "droga del placer" y que su consumo a la ligera y sin supervisión puede ser "extremadamente peligroso".

 

Español para extranjeros

 

Si bien este espacio será de actualidad comenzaremos con una reseña del pasado que como dijo Marco Tulio Cicerón"No saber lo que ha sucedido antes de nosotros es como ser incesantemente niños."

Sacerdotes católicos haciendo el saludo fascista

    " ¿P or qué, Señor, has tolerado esto?" , se preguntaba recientemente el papa Benedicto XVI tras la visita al campo de concentración polaco de Auschwitz-Birkenau, el mayor complejo de exterminio construido por los nazis, donde se gaseó, desde marzo de 1942, a centenares de miles de hombres, mujeres y niños, la mayoría judíos.

        La Iglesia católica española necesitaría hacerse la misma pregunta 70 años después del inicio de la Guerra Civil.  Las imágenes de destrucción que ocasionó la violencia anticlerical en la zona republicana dieron la vuelta al mundo y generaron una corriente de simpatía a favor del bando franquista, mientras que la Iglesia amparó, silenció y ocultó la guerra de exterminio dirigida por los militares sublevados en nombre de la patria y de la religión.  Después, feliz y gozosa con todos los privilegios que le proporcionó la dictadura de Franco , nunca quiso saber nada de las víctimas del otro lado y rodeó a sus mártires de una mitología y de un ritual que dura hasta la actualidad.  Puede ser el momento de revisar todo eso y de dejar de conmemorar con ceremonias de beatificación y canonización un pasado que poco tuvo de heroico y glorioso.

        En los pueblos y ciudades donde fracasó el golpe de Estado de julio de 1936, la Iglesia católica sufrió lo que Isidro Gomá , el primado de los obispos españoles, llamó el "furor satánico", un castigo de dimensiones ingentes, devastador.  Quemar una iglesia o matar a un clérigo es lo primero que se hizo en muchos lugares tras la derrota de la sublevación.  Más de 6.800 eclesiásticos, del clero regular y secular, fueron asesinados y una buena parte de las iglesias y santuarios fueron incendiados, saqueados o profanados, con sus objetos de arte y culto destruidos total o parcialmente.

        La Iglesia siempre ha querido demostrar la justicia de sus posiciones y actitudes a causa de ese anticlericalismo atroz.  No fue ese "odio satánico", sin embargo, el que puso a la Iglesia y a los católicos al lado de los militares rebeldes.  Reforzó, eso sí, su posición, pero no la originó.  La Iglesia habló y actuó desde el primer disparo rebelde, se alineó sin rubor con el golpe militar, que celebró, con las masas católicas, como una liberación, pidió la adhesión a él frente al "laicismo-judío-masónico-soviético", una expresión ya utilizada entonces por el obispo de León José Álvarez Miranda y convirtió la Guerra Civil en una "cruzada religiosa".

        Por otro lado, la complicidad del clero con el terror militar y fascista fue absoluta y no necesitó del anticlericalismo para manifestarse.  Desde Gomá al cura que vivía en Zaragoza, Salamanca o Granada, todos conocían la masacre, oían los disparos, veían cómo se llevaban a la gente, les llegaban familiares de los presos o desaparecidos, desesperados, pidiendo ayuda y clemencia.  Y salvo raras excepciones, la actitud más frecuente fue el silencio, voluntario o impuesto por los superiores, cuando no la acusación o delación.  La violencia de los militares sublevados era legítima porque "no se hace en servicio de la anarquía, sino en beneficio del orden, la patria y la religión" , declaró ya el 11 de agosto de 1936 Rigoberto Doménech , arzobispo de Zaragoza, cuando todavía no podía conocerse el alcance del anticlericalismo.

        La persecución anticlerical convirtió a la Iglesia en víctima, la contagió de ese desprecio a los derechos humanos y del culto a la violencia que desencadenó el golpe de Estado y malogró cualquier atisbo de entendimiento entre los católicos más moderados y la República.  Entró en juego la intransigencia más atroz.  Y aunque la violencia anticlerical cesó muchísimo antes que la que el clero apadrinaba, la Iglesia, por arriba y por abajo, rechazó la mediación o cualquier salida a la guerra que no fuera la rendición incondicional de los "rojos", es decir, la misma que reclamaban todos los generales rebeldes con Franco a la cabeza.  La mediación era "absurda", porque "transigir con el liberalismo democrático..., absolutamente marxista, sería traicionar a los mártires" , manifestó en noviembre de 1938 Leopoldo Eijo Garay , obispo de la diócesis Madrid-Alcalá.

       No se traicionó a los mártires porque la victoria del ejército de Franco fue tan incondicional y rotunda como la deseaba la Iglesia católica.  La violencia institucionalizada y legalizada por el Nuevo Estado ejecutó a 50.000 personas en los 10 años siguientes, después de haber asesinado ya alrededor de 100.000 "rojos" durante la guerra.  Pero la Iglesia no hizo ni un solo gesto a favor del perdón y la reconciliación. Más bien lo contrario.  Una buena parte del clero se implicó sin reservas en la trama de informes, denuncias y delaciones que, siempre con el recuerdo de la "Cruzada", mantuvo vivo el funcionamiento cotidiano de ese sistema de terror.

       Va a hacer 70 años del comienzo de la guerra y han transcurrido ya más de tres décadas desde la muerte de Franco.  La Iglesia católica española pasó ya factura a los "rojos" y vencidos y consumó una larga y cruel venganza.  Nada de ejemplar hay para ella en ese pasado.  Sería un buen momento para hacer un gesto público, para pedir perdón por bendecir y apoyar aquella masacre de infieles y a la dictadura que de ella emergió.  Puede seguir la Iglesia beatificando a sus "mártires de la Cruzada", pero las voces del pasado siempre le recordarán que, además de mártir, estuvo también con los verdugos.  Mientras que muchos de esos mártires han sido ya beatificados y la jerarquía eclesiástica reclama que sean elevados a los altares muchísimos más, las familias de miles de republicanos asesinados sin registrar, que nunca tuvieron ni tumbas conocidas ni placas conmemorativas, andan todavía buscando sus restos.  Es uno de los legados irresueltos que nos queda todavía de la Guerra Civil.  La Iglesia, por un lado, y el Gobierno, por otro, tienen la palabra en este año de recuerdo y conmemoración.

        * Julián Casanova es catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Zaragoza. Especialista en la Guerra Civil española, es autor, entre muchos otros libros, de La Iglesia de Franco , Ed.  Temas de Hoy, Madrid, 2001

De El País